jueves, 16 de abril de 2020

Muerte x el viento


Amanece sobre periódicos mojados. Las calles con bultos abruptos como un cuadro impresionista. Donde los hombres y mujeres caminan destejidos. Espatarrados bajo el sol puro de la tarde. Amanecen abarrancados de huesos. Enraizados al suelo que lo succiona. Transparente. Día tras día abierto de rodillas. Derramado sin bordes rompiendo veredas como taladros dulces. No hay parentesco solo baila en profundo sueño. Solo alumbra bajo los impuros. La rapiña urbe ya no lo devora. Inmóvil el ángel huye de esta ciudad. Sin placa sin postales sin aire para sus enormes alas. Qué dios lo recogerá. Números velocísimos lo acarrean. En abandonada caja. Quiere y toca, pero se derrumba como un horno. Entero y paralítico llama alharacosamente al viento. Hay que vivir ahora o nunca no peste no paz. Arrojados como un garabato. Madrugando por cámaras furtivas entre las esquinas pendular es sin hora. Tocando puertas ventanas servicios como un teatro puesta entre los naranjos. Más allá todos los ven irse nadie lo sigue. Están retardados de vientre de costado de cabeza velados inyecta de carne expuestos cerrados a la luz del mundo. El cáncer de la fuga. Canta el zorzal de la mañana porque no. Tanto amor tanto temblor al borde de tus ojos y no lo oyes? Abaddon Abaddon gime clama la mujer de al lado. La multitud se desfleca grave desportillada verde. Penduliforme. El armonium quebrado arideciendo bajo el alero de las casas. Es un tío un primo un hermano quiénes son? Silencio. Quién toca la puerta? A las 2 y 55 suena el celular de espalda. Boca abajo despacio convulsiona. Muere como una calle maquillada. Muere como un fanático solitario. Sin señal. Se acaba sudando en pedazos. Esta exhalación celeste pedestre hacia lisa noche me acaba me acaba. Siempre llego tarde. Demasiado tarde no hay nadie. Sólo un bulto que me saluda con los párpados abiertos.


Domingo de Ramos (Ica, 1960) Poeta co-fundador del Movimiento Kloaka (1982-1984). Estudió Sociología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado los libros: Poemas, 1986; Arquitectura del espanto, 1988; Pastor de perros, 1993; Luna cerrada, 1995; Ósmosis, 1996 (Premio COPE de Poesía Petroperú); Las cenizas de Altamira, 1999; Erótika de Klase, 2004 (Premio de Poesía Erótica “Carlos Oquendo de Amat”); Pastor de perros (Antología), 2006; Dorada Apocalipsis, 2008; Demolido Fuego, 2010; Cartas desde la azotea, 2011; y Lima Pop (Edición Bilingüe italiano- español), 2012.

miércoles, 15 de abril de 2020

La confesión


A través de los barrotes de la celda, Inocencio Caparachín, contempla cómo el sol se une con ese cielo metálico de la ciudad lejana. Así cuando el círculo rojo fenece en el horizonte y pone fin al festín de los colores, se dirige a su cama para continuar con el único acto decente que se había enfocado en los últimos años: leer todos los libros de la pequeña biblioteca del presidio. Su compañero, en cambio, duerme, plácidamente, la mayor parte del día. El acto de evasión le otorga el silencio suficiente para leer y recordar con nostalgia los pocos buenos momentos vividos. Valeriano Fiesta no comprende cómo puede disfrutar su estancia en un lugar en el cual los presidiarios maquinan un sinnúmero de estrategias para fugar. 
    
—Todos quieren salir de esta pocilga menos tú —le repetía Valeriano Fiesta mientras releía los recortes de periódicos que daban noticias de sus asesinatos.
—La vida te enseña a apreciar el lugar deparado —respondía cuando escuchaba su repetitivo reclamo.

Caminaba lento por los pasillos como si se arrepintiese de dar un nuevo paso. El mismo transito: de su celda al comedor, del comedor a su celda. Libro en mano y la punta afilada de un lápiz sobresalía de su bolsillo derecho trasero. Trataba de no conversar con nadie. Todos lo mirábamos cuando llegaba. Luego bajábamos la cabeza para seguir comiendo y así aseverar su insignificancia. Algunos domingos salía al patio, otros no. Las veces que lo hacía era para escribir en la pizarra sus divagaciones sobre el ser según Heidegger, Schopenhauer y Sartre. Graficaba mapas mentales, se recriminaba, golpeaba con un puño seco la madera, levantaba sus dos manos al cielo, borraba lo que había escrito inicialmente para que, finalmente, transcribiera la misma frase: “La vida humana, como toda mercancía mala, está revestida por su lado exterior de un falso brillo; siempre se oculta lo que se sufre, y, sin embargo, cada uno de nosotros hace ostentación del fasto y el esplendor que ha podido acumular, y cuanta menos satisfacción interior siente, más desea aparecer a la opinión de los demás como una persona feliz”. Debajo escribía la cita: Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, página 59; como si nos invitara a recorrer su inútil camino. La lluvia, a los días, borraba la arcilla blanca. De esta manera el tiempo cíclico se iniciaba.

La condena era de treinta años de pena privativa de la libertad por las acusaciones del fiscal que concluyó que el asesinato había sido premeditado. La policía de investigación halló rastros de sangre que provenían desde la sala hasta la cocina donde se consumó el crimen. La ha golpeado hasta dejarla inconsciente para luego destrozarle el cráneo con una piedra. Los vecinos afirmaron que la mujer era violenta y déspota, en cambio, el principal sindicado no. El señor no hablaba con nadie en el vecindario. Las pocas veces que lo vimos entrar a su casa siempre llevaba una bolsa de plástico amarilla. Solo se le escuchaba sus gritos de regañamientos hacia él, no sé cómo la soportaba. Inocencio Caparachín llevaba una vida denigrante. Todos los sabíamos, inclusive el juez que afirmaban que era su amigo. Él mismo manifestó, un día antes que leyera la sentencia, tiempo después, que tenía la intención de ayudarlo, pero ante su confesión solo le quedó la elección de ejecutar la ley. Desestimó la estrategia del abogado que era deslizar la idea que tenía problemas psiquiátricos. Era la única posibilidad para salir absuelto, pero desistió. El justo vivirá por su fe.

La mala reputación que tenía la mujer y su constante comportamiento contra él —los testigos la calificaron de “violenta” ante el magistrado—fue otra de las razones que trabajó la defensa en busca de una sentencia benigna, pero de nada sirvió. Inocencio Caparachín confesó su crimen frente al juez, el fiscal, el abogado y los vecinos que concurrieron al juicio. Nadie se podría imaginar que “el hombrecito” le había partido el cráneo a su mujer. Tenía una conducta intachable a diferencia de ella. No entiendo por qué la mato. Simplemente se cansó de las constantes amenazas de Doña Clotilde. No pudo haberla matado y arrastrado su cuerpo hasta la cocina: su mujer era gorda y medía como un metro ochenta. El odio no profesado es fermento para la venganza.

¿Dónde estuvo la noche del crimen? Llegó, aproximadamente a las siete, al bar donde nos reunimos algunos trabajadores del vecindario. Solo dos mesas estaban ocupadas. La barra estaba vacía cuando llegó. La noche recién empezaba. Recuerde que al día siguiente era un día laborable. De lunes a viernes solo laboramos hasta las doce de la noche. Se sentó solo y pidió una cerveza, luego llegó Miguel y Mayvor, y se sentaron con él. Conversamos sobre las novelas policiales, Dashiell Hammett y la poca influencia que había tenido en Sudamérica. Un tema repetitivo que nadie le daba importancia y que insistía en discutirlo. Recuerdo que recitó esos poemas trillados de Bullita y Vicente Azar, se los sabía de memoria. No pagó la cerveza que pidió.

Cuando llegué a la escena del crimen y confirmé el cuerpo de mi esposa, escuché, desde el comedor, la conversación de los policías encargados del homicidio y el fiscal:

—¿Y el esposo? —preguntó el policía. ¿No crees que la haya asesinado?
—No lo creo, es un incapaz. Todos los testimonios recogidos avalan su carácter pasivo. Además, estuvo bebiendo en un bar cercano a la misma hora que la mataron.
—De todos modos, hay que investigarlo. Vuelve a repetirle las preguntas iniciales. ¡Instígalo!, exígele que relate su testimonio una y otra vez. Pregúntale si su esposa era amenazada constantemente por una persona que conocía.
—Lo sé, pero cómo puedo seguir investigando a un sujeto que los testigos afirman que estuvo en el bar hasta que cerró. No cree que mejor es plantear otra hipótesis.

Inocencio Caparachín acomodó su corbata, cerró su libro de tapa gruesa, se paró de la silla y se dirigió a la sala.

—¡Deprime escuchar sus hipótesis!¡Es difícil ser minucioso para recoger evidencias que están frente a sus ojos!¡Es necesario iluminar una pieza del rompecabezas para que ustedes puedan completar el tablero! ¡Por favor, quiero dejar de sentir fascinación al escucharlos! ¡Acaso tengo que confesar para que todo termine!, ¡estúpidos!

Al día siguiente, un periódico amarillista publicaba en su portada:

¡Marido confiesa su horrendo crimen!

La audiencia para juzgarlo se designó para dentro de dos semanas.

—Usted se declara culpable del cargo de matar a su esposa en forma premeditada, preguntó sin titubear el fiscal.
—Me declaro culpable.
—Usted, ¿lo realizó solo o fue ayudado por otra persona?
—Lo efectué solo y en forma premeditada.
—Está seguro lo que está afirmando porque en la escena del crimen se han encontrado evidencias que posiblemente fueron dos personas las que realizaron el asesinato.
—Repito, yo solo lo cometí.
—Desde hace cuánto tiempo premeditó el asesinato.
—Desde hace diez años. El rencor es un abismo sin fondo o un ardiente páramo sin fronteras.  

Inmediatamente después de la confesión, Inocencio Caparachín no pronunció ningún argumento a favor de su defensa. Todos los asistentes lo miraban perplejos, no podían creer cada palabra que escucharon. ¿Cómo pudo matar a su mujer? Empezó a dibujarse una incipiente sonrisa en su añejo rostro. Un orgullo extraño y desbordante, al descubrir que era el centro de atención, se apoderó de su ser. Nunca sintió en su vida satisfacción más lujuriosa. Ni cuando hablaba sobre la novela policial norteamericana ni cuando discutía sobre la teoría del lenguaje de Ludwig Wittgenstein. Tampoco cuando trataba de explicar su teoría sobre la clasificación de psicópatas partiendo de la idea de su accionar y no de sus problemas psicológicos-culturales-neurológicos. Todos podían avalar la buena conducta de ese hombre, pero pocos podían aguantar escuchar sus elucubraciones. Los únicos que lo soportaban eran esos dos que siempre lo esperaban con bolsas amarillas llenas de libros y cervezas sobre la mesa. La gente lo trataba igual como lo hacía su mujer, no sé de qué se quejan. ¡He ocupado el lugar que siempre merecí!, afirmó. Cuando las cámaras dejaron de fotografiar y los testigos bajaron la cabeza, entendió que la realidad no era aquella historia compartida sino aquellos límites que creemos existente.

Al principio del proceso, el fiscal se resistía en dar crédito a la confesión —acto extraño en su vida profesional— pero al descubrirse, al pasar de los días, que Inocencio Caparachín se desapareció del bar desde las nueve hasta las diez de la noche, y en ese lapso nadie pudo asegurar su presencia, el magistrado aceptó la confesión inicial. Pensé que estaba en la barra bebiendo solo, como era su costumbre, o buscando la conversación con alguien para explicarle sus ideas disparatadas. Se paró y no lo volví a ver. En ese lapso de tiempo que usted señala, no estuvo en el bar. ¡El desgraciado la mató! ¡Nos quiso engañar! ¡Él es el maldito asesino de su esposa! Los testimonios se volvieron cada vez más incriminatorios. El juez antes de dictar sentencia afirmó: “En el lapso de tiempo de nueve a diez de la noche, el señor Inocencio Caparachín se trasladó a su casa, encontró a su esposa en la sala, discutieron y la golpeó salvajemente. Luego, jaló su cuerpo inconsciente hasta la cocina y ahí le destrozó el cráneo con una piedra produciendo su deceso inmediato. Si bien no es una situación verificada exhaustivamente por nuestros peritos, es la única posibilidad que respalde su confesión”.

Inocencio Caparachín dejó el libro sobre la mesa de noche, se levantó y se dirigió a la ventana. Deseaba contemplar aquel cielo azulado y gris que sería vencido por la noche. Con el tiempo los reos descubrimos que ese cielo postrado en nuestra ventana no es el mismo para cada uno de nosotros. Todos tenemos nuestro propio cielo. Seguramente, deseaba su libertad como cada uno de nosotros, pero para qué desear la idea de libertad si en su infancia le había sido negada y en su adultez había sido un pobre infeliz. La vida me indujo a amar la soledad y descubrirla en esta habitación.

Su actitud ermitaña produjo un sinnúmero de historias que se fueron tejiendo a su alrededor. Ves a ese tipo, cometió el crimen perfecto. La policía nunca pudo inculparlo. Hemos llegado a la conclusión de afirmar que está protegiendo a alguien. Ese hombre ha leído todos los libros que se han escrito en el planeta. Fue profesor de Filosofía en una universidad de la capital. Su palabra en el tribunal es el único testimonio de esa noche macabra. Después de su última audiencia decidió nunca hablar sobre el asesinato. Muchos periodistas le ofrecieron dinero para que cuente su historia. No me puedo quejar de la vida que me ha tocado vivir, exclamó para sí mientras contemplaba las tinieblas que reinaban en el unísono, ni lamentarme de haber confesado que la asesiné. Lo único que me voy a preguntar siempre, cuando terminé de leer un libro policial, es quién pudo haberla matado en favor de mi felicidad y mi libertad.


Josué Barrón (PUCP). Escritor, educador y comunicador cultural. Es colaborador de varios medios informativos locales e internacionales. Su interés académico es la crítica cultural y la creación literaria. Ha sido ganador del Premio de Literatura del gobierno regional de Lima, mención cuento (2014), y Premio Centenario PUCP, mención poesía (2017).

sábado, 11 de abril de 2020

Fórmula 1


         Acabamos de enterrar a papá. Ha sido una ceremonia conmovedora. Bajo un cielo gris, el presidente del Comité de Autos de la Línea Cinco dedicó sentidas palabras para el último chófer que manejaba a pesar de tener un alto nivel de miopía, incidía en pasarse la luz roja diariamente y recibir papeletas por estacionarse en zonas prohibidas. Además, acostumbraba escuchar con quietud los insultos de los transeúntes por sus maniobras incomprendidas. Mi padre siempre mostraba una sonrisa cariada para tales circunstancias.

         Mi abuelo me repetía, cuando iba a visitarlo al taller, que fue él quien acabó con la flota de autos de la cual era dueño. En realidad, fueron tres autos los que chocó y fueron tres los accidentes que, por intervenciones de la Virgen del Carmen —mi abuela levantaba las dos manos al firmamento cuando lo recordaba— se había salvado de milagro. Eran automóviles elegantes, largos y de carrocería de fierro. Los tres eran Ford de los años setenta y era común verlos en las series norteamericanas sobre gánsters que trasmitía el canal cinco. Uno era de color rojo, el otro azul y el último amarillo con dos rayas negras al medio. Mi abuelo todavía posee una foto de los autos estacionados a las afueras de su taller. Ahí aparece mi padre, mi tíos, Pedro y Manuel, y, detrás de ellos, los mecánicos que trabajaban en el taller.

         Descubrí el aprecio que tenía mi padre por los autos cuando tenía tan solo siete años. Primero instaló estantes en mi habitación para colocar su colección de automóviles en miniatura. Luego se empeñó, todas las noches, antes de acostarme, en relatarme sobre los perfeccionamientos mecánicos de los autos de carrera en cada etapa de la historia. Los domingos, en cambio, me despertaba, muy temprano, para espectar la Fórmula 1 que transmitía el canal cuatro a las seis de la mañana. Era lo único que compartíamos juntos. Confieso que con mis siete años no comprendía las explicaciones que daba mi padre cuando señalaba efusivamente la pantalla del televisor. Yo solo veía automóviles muy pequeños, de diferentes colores, que daban vueltas y vueltas sobre una pista circular. Siempre, a los minutos, me quedaba dormido sobre su regazo. Él respetaba mis sueños alisándome los cabellos. Solo me levantaba para ver la última vuelta de la carrera y sus manos al cielo en señal de alegría.

         Mi padre nunca pudo inculcarme el amor por los autos, así como tampoco pudo nunca concretizar su sueño de competir en alguna carrera de autos de la ciudad. Solo asumió la gloría de manejar la combi vieja que compró mi abuelo para que trabaje y pueda mantenernos. Recuerdo que se levantaba muy temprano para enfrentar las pistas resquebrajadas de la ciudad. Mi padre nunca se quejó por las diez horas que estaba sentado en la combi mientras el sol le otorgaba una nueva piel. Tampoco del dinero que no tenía para el petróleo, por las mañanas, o para el policía de tránsito que había descubierto que su brevete había caducado hace cinco años.

         Yo había fijado en mis pensamientos la idea de que mi padre era invencible e indestructible. Me convencí que su pasatiempo fuese destartalar combis alquiladas, chocar hasta tres autos en una intersección, reírse de sus accidentes en el hospital o pedirme dinero porque no tenía para el combustible.  

         Coloqué esa tarde los dos primeros autos en miniatura que me regaló cuando cumplí siete años dentro de su ataúd. Llevé mis manos a los bolsillos y decidí que me compraría un Ford amarillo metálico con rayas negras del año setenta y siete.       


 Josué Barrón (PUCP). Escritor, educador y comunicador cultural. Es colaborador de varios medios informativos locales e internacionales. Ha sido ganador del Premio de Literatura del gobierno regional de Lima, mención cuento (2014), y Premio Centenario PUCP, mención poesía (2017). 

viernes, 10 de abril de 2020

Decisiones


         

         Esa tarde soleada de febrero, Tatiana Susanibar cerró el libro de Shakespeare, y entendió que la mejor decisión era cortarse diagonalmente su muñeca y esperar que la sangre se expandiera en la sábana. Los rayos del sol ingresaban cautelosamente por la ventana de su habitación, y hacían fulgurar esos hermosos y recónditos ojos negros.  

         Ignacio Bobadilla, en cambio, recordó los atardeceres en la playa, su cuerpo terso, sus pechos redondos tímidamente escondidos en el sujetador rojo, rojo intenso como sus mortales labios. Despertó de su letargo y le arrebató la navaja.

—Lo haré primero —lo afirmó con un tono seco y rancio.

Ella, anonadada, al escucharlo, asentó con la cabeza y enmudeció. La brisa hirviendo del verano evaporó cada lágrima que humedecía aquel rostro lozano y delicado. Atrás quedaron los campos verdes de la universidad, su vestido de flores, en el cual se confundía con el abrazo abrasante de Ignacio, y los besos furtivos antes que feneciera la tarde.

—Quizá el amor solo se trate de encontrar a alguien que te siga por el camino incierto —le dijo mientras lentamente buscaba su mano temblorosa como señal de aprobación.

Ella soltó su mano, lo abrazó y buscó desesperadamente aquellos labios carnosos, delirantes del amor. Ignacio Bobadilla empuñó la navaja y realizó una incisión a la vena que sobresalía de su muñeca. La sangre empezó a fluir. Círculos de sangre se iban expandiendo en la sábana. Los rayos de sol carcomían las paredes de la habitación desolada. Dejó caer la navaja.

Tatiana Susanibar lo miró imperturbable. Luego se limpió las gotas de sangre que le habían salpicado al rostro. Se paró y se dirigió a la única puerta que existía en la habitación. La abrió y descubrió el fastuoso paisaje que se erigía desde su balcón. La sangre hirviendo empezó a dibujar surcos en el piso. Cerró la puerta y recordó que la palabra amor se leía en la última línea del libro. 


Josué Barrón (PUCP). Escritor, educador y comunicador cultural. Es colaborador de varios medios informativos locales e internacionales. Ha sido ganador del Premio de Literatura del gobierno regional de Lima, mención cuento (2014), y Premio Centenario PUCP, mención poesía (2017).

domingo, 5 de abril de 2020

Hollywood, catalizador del imaginario colectivo del miedo posmoderno y del discurso apocalíptico, y el covid-19, el aire de la no vida, como ejes principales para una reinvención del comunismo arcaico 2.0



Hollywood propagador del germen del nuevo comunismo 2.0

Contagio (2011) dirigida por Steven Soderbergh se ha convertido, en el imaginario colectivo, en el texto que predijo los hechos vividos en la actualidad. La cinta empieza cuando Beth Emhoff regresa a Minnesota de un viaje de negocios a Hong Kong. A los dos días de su regreso del país fallece. Los médicos no saben la causa del deceso. Pronto, otras personas empiezan a mostrar los mismos síntomas y surge una pandemia global. Los médicos intentan contener al virus letal, pero la sociedad empieza a colapsarse cuando los fanáticos, por redes sociales, provocan una paranoia colectiva. Otra cinta que se relaciona con “nuestros tiempos violentos” es Outbreak (1995) dirigida y producida por Wolfgang Petersen y basada en la novela del mismo nombre de Robin Cook. La cinta está protagonizada por Dustin Hoffman, Rene Russo y Morgan Freeman, y trata sobre el descubrimiento, en 1967, de Billy Ford (Morgan Freeman), en Zaire, de un virus llamado "motaba" con un índice de mortalidad del 100%, en solo veinticuatro horas. El gobierno de los Estados Unidos, al enterarse, decidirá bombardear el pueblo para así acabar con la pandemia. Treinta años después, Sam Daniels (Dustin Hoffman) es enviado a Zaire para investigar la epidemia, supuestamente extinguida. Al realizar los estudios necesarios insta a su superior, Billy Ford, a que decrete el estado de alerta, pero Ford sabe que el virus no es nuevo y que no puede darlo a conocer a la población. Así las decisiones políticas, los intereses particulares y los secretos de estados se imponen en el thriller.

Las dos cintas, diferentes en sus argumentos, pero similares en el motivo desencadenante de sus tramas, se pueden considerada como un simulacro de decisiones gubernamentales, de políticas de salud, comportamientos que debíamos acatar y el índice de muertes si sucediera esta “guerra médica global”. Los receptores visuales de este mensaje apocalíptico, en vez de tomar medidas de lo descrito, se posicionaron en una actitud de disfrute sádico hacia el sufrimiento, como nos ha enseñado el cristianismo. ¿Por qué esa actitud si en muchas películas de Hollywood se ha aceptado lo representado como espejo de la realidad? Los diez mandamientos (1956) dirigida por Cecil B. DeMille se asumió y se sigue asumiendo, hasta la actualidad, como un medio alternativo de lectura histórica de la biblia y un clásico de proyección televisiva en Semana Santa. The War of the Worlds, el episodio de radio de la serie dramática "The Mercury Theatre on the Air", dirigida y narrada por el actor y futuro director de cine Orson Welles, adaptación de la novela La guerra de los mundos de Herbert George Wells (1898), causó pánico en su audiencia y demostró el poder de los medios de comunicación, se emitió en directo como un episodio de Halloween, a las 9 p.m. un domingo del 30 de octubre de 1938. Estos dos textos visuales, también extremos, son una muestra de la interpretación pasiva y activa en la población que reformula su saber y su actuar si se utiliza el discurso del miedo y del apocalipsis.

En las campañas de elecciones políticas, un texto también visual, se recurre, mayormente en la actualidad, al discurso del miedo y de la ira para captar “aficionados”. Este medio condenable, pero común y aceptable en los jefes de campañas, se ha convertido en la principal arma de los partidos latinoamericanos para llegar al poder. El politólogo Andrés Valdez de la Universidad de Bucaramanga conceptualiza al miedo como una perturbación angustiosa del ánimo por la percepción del individuo sobre un riesgo o daño real o imaginario, mismo que tiene un efecto en su conducta y sus sentimientos. Aristóteles, en cambio, definía al miedo como la “espera de un mal.” Alberto Fujimori, en 1990, le ganó las elecciones al escritor Mario Vargas Llosa con un discurso del miedo: el nobel propugnaba un “shock” económico como único medio para estabilizar la economía y Fujimori alarmaba a los votantes, con un comercial gore de discurso apocalíptico que tenía como mensaje secundario el "no shock" -el primero era satanizar al escritor y culpar a “la clase alta” de aquel destino que se vivía-, porque si se ejecutaba tendría como consecuencia el empobrecimiento de la población. Al ser electo, Fujimori, se da cuenta que es imposible manejar el país sin la medida económica extrema: no había caja, no había reservas, no había crédito y no había manera de descender la inflación, causa del gobierno aprista. Así ejecuta, por medio del ministro de economía Juan Carlos Hurtado Miller, un acto que en campaña juró no hacer. Hobbes (1987) consideraba que los partidos y los candidatos están fundados sobre el miedo y que sin este discurso no existiría la política. Maquiavelo, por su parte, en el siglo XVI, afirmaba que el miedo es un determinante substancial del comportamiento del ser humano. Ahora si pensamos que el discurso del miedo es una creación textual moderna nos estamos equivocando: Marco Tulio Cicerón, consideraba que todo miedo y peligro percibido mantiene un estado de confusión en los electores, favorable para su manipulación y medio para alcanzar el poder. En varios pasajes de la biblia también podemos encontrar estos tipos de discursos y en otros textos proféticos de diferentes culturas antiguas.

El discurso apocalíptico es consecuencia del discurso del miedo porque es la visualización de la proyección de este. El cronista Felipe Guamán Poma de Ayala escribió Primer nueva corónica y buen gobierno, un documento de 1189 páginas, escrita entre 1600 y 1615, y dedicada al rey Felipe III de España, y fue uno de los primeros en denunciar los malos tratos de los españoles hacia los pobladores nativos de los andes con posterioridad a la conquista. Sus dibujos constituyen las representaciones más exactas tanto de la vida incaica como la sociedad colonial peruana. Lo interesante del texto es que el sujeto subalterno, no ficcional, utiliza el discurso del miedo, primero, para presentar los hechos de violencia que pueden causar un desgobierno en sus colonias, para luego terminar utilizando el discurso apocalíptico amparado en la fe divina y el perdón de los pecados. El texto de Guamán busca “reparar los actos” que se han ido cometiendo durante la conquista y la colonización, y, para ello, utiliza estos tipos de discursos para producir empatía en el acumulador del saber y del poder: el rey de España.

Las películas mencionadas, en el primer párrafo, actúan como el medio de propagación del saber imaginado, diferente en posición al locutario del texto del Guamán Poma: su lugar de privilegio, superior y manipulador del mensaje es impartido a los receptores de arriba hacia abajo. De esta manera -aunque las películas terminen con una solución al virus y triunfe la humanidad- los films utilizan un discurso del miedo y apocalíptico para generar en el espectador interés, como Guamán Poma, y causan en ellos no una “reparación de actos equivocados que comúnmente cometen” sino el disfrute sádico del simulacro del miedo.   


El covid-19: el aire de la no vida que infecta el pos-imperialismo

         La posible invención de la vacuna, las pruebas de verificación de los infectados, las vestimentas de los sujetos de salud, las precauciones globales, los saberes para el no contagio, los mensajes visuales y orales utilizando el WhatsApp, los infectados rastreados por el google map, los virales en los muros Facebook, la nulidad de la exposición de influencer consumistas por la causa global y un sinnúmero de manifestaciones humanas y medios virtuales ha desarrollado, inconscientemente, un "discurso de la solidaridad global" que nunca fue considerado, representado o imaginado por el discurso comunista tradicional. Ni la filosofía del socialismo científico, Karl Marx y Friedrich Engels, ni la propuesta política nacional e internacional de Mao Tse Tung en China -el 1 de octubre de 1949, declaraba: "Este Gobierno está dispuesto a establecer relaciones diplomáticas con todo Gobierno extranjero que desee observar los principios de igualdad, beneficio mutuo y respeto recíproco a la integridad territorial y la soberanía"- ni el modelo cubano de una democracia popular, con una socialización (estatización y en ocasiones, cooperativización) de los medios de producción, como señala Wikipedia y lo construyera Fidel Castro durante su vida, ha podido desarrollar este acto del convencimiento individual hacia la solidaridad: el comunismo basado en la confianza en las personas y la ciencia, como lo señala, también, Slavoj Žižek en sus últimos artículos sobre la pandemia.

         El covid-19 no ha desarrollado un discurso del miedo ni apocalíptico –como lo hizo Hollywood en sus corpus cinematográfico referido a “la guerra fría”, la guerra contra Irak, el terrorismo internacional, el narcotráfico o el 11 de septiembre- sino de “reparación”, no en las escalas de poder sino en la vida misma de cada individuo: la escasez de alimento, el aire (vida) reinterpretado como el tópico medieval  de la muerte no visual; el confinamiento, el reemplazo de la cristiandad por la racionalidad científica que ha llevado, gracias a las redes sociales, a la aceptación de una política de la solidaridad convertida en el estadio superior que no elucubró el socialismo en sus inicios –la tierra, los medios de producción, la propaganda y el cuerpo. Este tipo de solidaridad es el nuevo germen comunista que ha minimizado nuestras diferencias irreconciliables (la política, estratos sociales y la economía), a un segundo plano, y ha encaminado que desarrollemos una solución inmediata y que ella responda a la emergencia global –desacatar la idea tiene la implicancia de ser considerado “tirano o genocida”, no importe su inclinación política, como es el caso de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador o el viceministro iraní Iraj Harirchi (portador del covid-19) que minimizaron, en su momento, la pandemia por otorgar la preferencia a mantener estabilizado el sistema económico de sus países. ¿Qué no generó el comunismo que sí hizo el covid-19? Pasó de concebir un discurso de miedo a un discurso de la catástrofe latente en la vida individual que es consecuencia de sus características: un virus “democrático” (El príncipe Carlos, hijo mayor de la reina Isabel II y heredero al trono británico, ha sido diagnosticado como portador del covid-19), global (162 países infestados hasta la fecha que ha sido redactado este artículo) e invisible (el aire como imaginario del germen del pánico).  

         Esta epidemia viral posmoderna tendrá muchas implicancias en nuestro comportamiento, nuestra conducta hacia los demás, nuestra economía global, regional e individual; en nuestro modo de vivir y las políticas que vamos a elegir ahora en adelante (imagino que el tema de la seguridad quedará en segundo plano). El tema disciplinario no se basará en la vigilancia (como lo planteaba Foucault) sino en disciplinar nuestra propia conducta y autoexplotación –una tesis muy bien desarrollada por filosofo surcoreano Byung Chul-Han. Finalmente daremos el paso de considerar la realidad virtual no como un ocio sino la extensión de una de las formas de comunicarnos, de enamorarnos (la idea de cibernovio se replanteará como una nueva posibilidad afectiva), de experimentar nuestra sexualidad, de entretenernos y que sea la educación por medios de apps cada vez más sofisticadas.

         El covid-19, también, ha perturbado el funcionamiento normal del mercado imperialista y este, en respuesta del desequilibrio, ha vuelto a usar el tradicional discurso del miedo, que ya no cala en población, pero, contrariamente a lo que ellos esperaban, ha empezado a visibiliza el accionar maquiavélico que han tenido las empresas para mantenerse en el sistema económico de un país –el presidente Vizcarra, por ejemplo, ha decretado el retiro del 25% del aporte del ciudadano a las diversas AFP. El Perú se convierte, de esta manera, en el primer país en Latinoamérica en tomar esta medida que es considerada, por la población en general, como un gran acierto y era considerada, por muchas organizaciones progresistas, como punto importante para la lucha política. Estos actos que se generan desde la población vulnerables hasta el poder coyuntural denota una lectura importante que se necesita hacer urgentemente: una reorganización global que tenga como agenda, primero, una salud pública democrática, el respeto a nuestro medio ambiente y una economía “solidaria” de característica global. Ante lo afirmado no propongo un nuevo renacer de las ideas comunistas ni mucho menos voltear la mirada hacia un comunismo arcaico, planteo una nueva interpretación de las ideas comunistas que han sido acatadas por la población mundial sin el sometimiento o la construcción de un imaginario que nos tenía acostumbrados estos países tiranos. Así el bien común superará las ideas filosóficas y políticas que por décadas se fueron distanciando de la concretización de soluciones en los sectores menos favorecidos para privilegiar “el púlpito” como sinónimo de legitimidad, verdad e imposición. El accionar del “bien común” o “la solidaridad global” no descansará, ahora, en la occidental tradición de la filosofía y la política sino en resoluciones inmediatas que otorga la ciencia y la tecnología. Esperemos los tiempos venideros para reescribir nuestra experiencia vital.

Josué Barrón (PUCP). Escritor, educador y comunicador cultural. Es colaborador de varios medios informativos locales e internacionales. Ha sido ganador del Premio de Literatura del gobierno regional de Lima, mención cuento (2014), y Premio Centenario PUCP, mención poesía (2017). 

domingo, 5 de enero de 2020

"Pasión" de Charlotte Brontë

                                                                           

Algunos han ganado un deleite salvaje
Por atreverse a una pena aun más salvaje
De poder ganar tu amor esta noche
Me pondría en peligro de muerte mañana.

De poder con la lucha ganar
Una amable mirada de tu ojo
¡Cómo ardería este corazón que se marchita
Por probar la lucha embriagadora!

Sean bienvenidas las noches de sueño roto
Y días de fría matanza
De poder creer que lagrimearías
por escuchar la narración de los peligros a los que me expuse.

Dime, si con bandas errantes
Vagara en la remota distancia
¿Te extraviarías en espíritu
hasta esas tierras distantes?

A lo lejos suena una trompeta salvaje, larga
Dime-Dime que vaya
A donde se encuentran en guerra el Seik y el Britón
Sobre el flujo del Sutlej indio.

La sangre ha teñido las olas del Sutlej
Con mancha escarlata, lo sé;
Las fronteras del Indo bostezan con tumbas,
Y sin embargo, ¡Ordéname ir!

Aunque el vapor del holocausto de naciones
Suba maloliente y alto hacia el cielo
Con gusto me uniría al anfitrión condenado a muerte
Si solo fuera dado el mandato.

La fuerza de la pasión vigorice mi brazo
Su ardor atice mi vida
Hasta que la fuerza humana frente a ese encanto pavoroso
Deba ceder y hundirse en salvaje alarma
Como los árboles frente al conflicto de la tempestad.

Si, caliente por la guerra, busco tu amor,
¿Te atreverías a girar a un lado
Te atreverías luego a reprobar mi fuego
Por desprecio, y orgullo enloquecedor?

No—mi voluntad todavía debe controlar
Tu voluntad, tan alta y libre,
Y el amor deba domar esa alma desdeñosa--
Sí—el amor más tierno para mí.

Leeré mi triunfo en tus ojos,
Observaré, y probaré el cambio,
Luego dejaré, acaso, mi noble premio
Para una vez más, en armas ir al campo de batalla.

Moriría cuando toda la espuma haya salido
Espumeando en lo alto el brillante vino
Ni esperaría hasta que en la copa exhausta
Solo quedase la escoria tonta de la vida.

Entonces el amor así coronado con dulce recompensa,
La esperanza bendecida con gran plenitud,
¡Montaría el caballo, sacaría la espada,
y perecería a la carga!

Nota: Seik y Briton corresponden a los Sikh y los británicos. El río Satlush o Sutlej era una frontera natural que los dividía.

Charlotte Brontë (Yorkshire, 1816-1855) Poeta y novelista inglesa, durante la Era Victoriana. Estimulada por su padre y junto a sus hermanas Emily y Anne, publicó sus poemas bajo el seudónimo masculino de Currer Bell. Es conocida por haber sido autora de la novela semi-autobiográfica “Jane Eyre”, ejemplo de prosa romántica. Otras obras de menor éxito son: “Shirley” y “El profesor”.

Traducción de Christopher G. Nole P. (1983- ) Nacido en Lima, residente en Huacho. Publicó la novela  “Inalcanzable” en 2013.  Socio de la Sociedad de Poetas y Narradores Región Lima



sábado, 28 de diciembre de 2019

El tulipán de Sylvia Plath



Los tulipanes son demasiado excitables, es invierno aquí.
Mira lo blanco que es todo, qué tranquilo, qué tan cubierto de nieve.
estoy aprendiendo la pacificación, yaciendo sola tranquilamente
en tanto la luz yace en estas blancas paredes, en esta cama, en estas manos.
No soy nadie; no tengo nada que ver con explosiones.
Le he dado mi nombre y mis ropas de día a las enfermeras.
Y mi historia al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos.

Han apoyado mi cabeza entre la almohada y la basta de la sábana.
Como un ojo entre dos pestañas blancas que no cierran.
Pupila estúpida, tiene que aceptarlo todo.
Las enfermeras pasan y pasan, ellas no son problema.
Pasan del modo en que las gaviotas pasan por tierra firme en sus gorros blancos
haciendo cosas con sus manos, una lo mismo que la otra.
de tal modo que es imposible saber cuántas hay

Mi cuerpo es una piedrecilla para ellas, lo tienden tal como el agua
se tiende sobre las piedrecillas sobre las que debe correr, alisándolas con gentileza
Me traen adormecimiento en sus agujas brillantes, me traen el sueño.
Ahora me he perdido, estoy harta de las bolsas---
Mi valija de charol como una caja negra para píldoras
Mi esposo y mi niño sonriendo desde la foto familiar;
sus sonrisas atrapan mi piel, pequeños ganchos sonrientes.

He dejado que las cosas se deslicen, un barco carguero de 30 años
se empecina en colgarse de mi nombre y mi dirección
estas me han quitado en una fregada mis asociaciones amorosas
con miedo y desnuda sobre el tranvía almohadado de plástico verde
he mirado mi juego de té, mis burós de lino blanco, mis libros
se hunden hasta perderse de vista, y el agua está por encima de mi cabeza.
Soy una monja ahora, nunca he estado tan pura.

No quería flores, sólo quería
acostarme con las palmas de mis manos hacia arriba y quedar completamente vacía
Qué libre me siento, no tienes idea lo libre----
La paz es tan grande que te aturde,
y no te pide nada, una etiqueta con tu nombre, unas cuantas baratijas
es a lo que los muertos se acercan, finalmente; los imagino
cerrando sus bocas para atraparlo, como a una ostia de comunión.

Los tulipanes están demasiado rojos para empezar, me hacen daño
Incluso a través del papel de regalo podía oírlos respirar
ligeramente, a través de sus blancos envoltorios, como a un bebé terrible.
Su rojez me habla a la herida, esta le corresponde.
Son sutiles: parecen flotar, aunque me pesan,
me alteran con sus lenguas repentinas y sus colores
una docena de hundidores rojos de plomo alrededor de mi cuello

Nadie me miraba antes, ahora soy observada.
Los tulipanes se dirigen a mí, y la ventana detrás de mí
donde una vez al día la luz lentamente amplía y suavemente estrecha,
y me veo, plana, ridícula, una sombra de papel cortado
entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes
y no tengo cara, he querido obliterarme
los tulipanes vívidos se comen mi oxígeno.

Antes de que vinieran el aire estaba bastante tranquilo
yendo y viniendo, aliento a aliento, sin ninguna prisa
luego los tulipanes llenaron todo como un ruido fuerte
ahora el aire se traba y se arremolina alrededor de ellos del modo en que un río
se traba y se arremolina alrededor de un motor hundido rojo por óxido
ellas concentran mi atención, eso fue alegre
juego y descanso sin tener que comprometerse en eso

Las paredes, también, parecen estar calentándose a sí mismas
los tulipanes deberían estar tras las rejas como animales peligrosos;
están abiertos como la boca de algún gran felino africano,
y estoy consciente de mi corazón: se abre y se cierra
su tazón de rojos florecimientos por puro amor a mí
el agua que pruebo es tibia y salada, como el mar,
viene de un país muy lejano como la salud.

 Notas:
La antepenúltima línea podría traducirse como "su tazón de rojo florece de puro amor a mí".
La caja negra de píldoras se refiere a un pillbox, que puede tener otros significados.
Igual con la expresión "estas me han quitado con una fregada" : "swabbed me clear". Como en un principio se habla de barco carguero, tomo la palabra swab en su acepción de trapeador de cubierta de barco.
La palabra "almohadado" corresponde literalmente a la palabra "pillowed", que tampoco existe. Otra traducción podría ser "tranvía de almohadas de plástico", que tiene similar sentido.
La última línea de la quinta estrofa, también puede entenderse como “es alrededor de lo cual los muertos cierran filas”.


Traducción de Christopher G. Nole P. (1983- ) Nacido en Lima, residente en Huacho. Publicó la novela  “Inalcanzable” en 2013.  Socio de la Sociedad de Poetas y Narradores Región Lima